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Dijo Jesús a los
sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo:
«Escuchad otra parábola: Había un
propietario quien plantó una viña, la rodeó con una cerca, cavó
en ella un lagar, construyó la casa del guarda, la arrendó a
unos labradores y se marchó de viaje. Llegado el tiempo de la
vendimia, envió sus criados a los labradores, para percibir los
frutos que le correspondían. Pero los labradores, agarrando a
los criados, apalearon a uno, mataron a otro, y al otro lo
apedrearon. Envió de nuevo otros criados, más que la primera
vez, e hicieron con ellos lo mismo. Por último, les mandó a su
hijo, diciéndoles: "Tendrán respeto a mi hijo". Pero los
labradores, al ver a su hijo, se dijeron: "Este es el heredero,
venid, lo matamos y nos quedamos con su herencia". Y,
agarrándolo, lo empujaron fuera de la viña y lo mataron. Y
ahora, cuando vuelva el dueño de la viña: ¿Qué hará con aquellos
labradores?».
Le contestaron: «Hará morir de mala muerte a esos malvados y
arrendará la viña a otros labradores, que le entreguen sus
frutos a sus tiempos». Y Jesús les dice: «¿No habéis leído nunca
en la Escritura: "La piedra que desecharon los arquitectos, es
ahora la piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido
un milagro patente"? Por eso os digo que se os quitará a
vosotros el reino de los cielos y se dará a un pueblo que
produzca sus frutos». Los sumos sacerdotes y los fariseos, al
oír sus parábolas, comprendieron que hablaba de ellos. Y aunque
buscaban echarle mano, temieron a la gente que lo tenía por
profeta. (Mateo 21, 33-43.45-46)
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